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Carta circular
del Superior General
para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la S.V.M.,
que clausura el Jubileo del Centenario de la Renovación y Reforma
de la Congregación de los Clérigos Marianos
8 de diciembre, 2009

Prot. n. 213/2009


Queridos Hermanos,

En la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, como en ningún otro día, nos sentimos comunidad unida con María en Cristo. En este día los saludo a cada uno en particular, en especial a los hermanos enfermos y les pido que quieran reflexionar sobre el amor de Dios por cada uno y por nuestra Congregación.

La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen es un canto incesante en honor de la Misericordia Divina. Este misterio es para nosotros especialmente cercano hoy, cuando concluimos el jubileo del centenario del rescate de nuestra comunidad de la muerte, el cual se convirtió en un nuevo impulso para su desarrollo. La evocación de este acontecimiento de hace cien años fue una ocasión para agradecer por la misericordia que se nos ha mostrado y para la oración, para permitirle a Dios realizar en nosotros obras semejantes también hoy.

A través de las cuatro etapas del año del Jubileo (Gloria in excelsis Deo, Miserere, Magnificat, Duc in altum), y también de las celebraciones del Jubileo, procuramos crear el espacio para la actuación de Dios y nuestra transformación, para profundizar el conocimiento acerca de las circunstancias de la renovación y de la contribución del beato Jorge a nuestro carisma. Quiero traer a la memoria una vez más el inicio del jubileo en Roma bajo la dirección del Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, cardenal Stanislaw Rylko (8 de diciembre), el simposio histórico-teológico en Lichen (24-31 mayo), las celebraciones principales de acción de gracias y petición junto a la tumba del beato Jorge Matulaitis-Matulewicz en Mariampol, Lituania (19 de julio) y en la Iglesia de la santa Cruz en Varsovia (29 de agosto), en la que el beato Jorge profesó sus primeros votos, dando inicio al renacimiento de la Congregación.

Hoy en la casa general en Roma, bajo la dirección del prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, cardenal Franc Rodé, volvemos a dar gloria a Dios por nuestra salvación y renacimiento, le confiamos nuestro futuro y escuchamos atentamente su Palabra.

Mensaje para la clausura del Jubileo

La liturgia de la solemnidad de la Inmaculada Concepción nos hace meditar sobre la caída de los primeros padres (Ge 3,9-15.20), pero también, sobre el misterio de la Anunciación (Lc 1,26-38).

El pecado de los primeros padres consistió no tanto en comerse la fruta prohibida, sino en algo significativamente más profundo: en apartar el corazón de Dios. El hombre, influenciado por la sugerencia del tentador “seréis como dioses” (cf. Ge 3,5) destrona a Dios en su corazón, deja de contar con Él como su Señor y él mismo se coloca en el centro de la vida. Los frutos más evidentes de este pecado, que con demasiada frecuencia vemos en el mundo que nos rodea, son la violencia, el asesinato, la prostitución y diversas formas de explotación del hombre por el hombre. Sin embargo, no pensemos que las consecuencias del pecado de los primeros padres se evidencia únicamente en los pecados mortales. La esencia de la primera caída fue el no contar con Dios como Dios. Es posible llevar una vida exteriormente ordenada, sin escándalos ni caídas dramáticas, e incluso piadosa en cierta medida, pero, en realidad, lejos de Dios. Podemos también, en la dimensión de nuestra vida individual como también en nuestras comunidades, guardar una impecabilidad externa, e incluso emprender obras apostólicas muy buenas, concentrándose sin embargo no en Dios sino en uno mismo y buscando la propia gloria. Este tipo de idolatría —tal vez la más peligrosa de todas— puede tener lugar también en la vida de las personas consagradas.

Al contemplar a María, Inmaculada Concepción, totalmente entregada a Dios, preguntémonos a nosotros mismos: ¿a quién servimos en realidad? ¿Para quién vivimos? ¿Podemos decir que el medio y el objetivo de nuestra vida y de nuestras obras es Dios y su gloria? ¿Será que bajo las apariencias de un vida entregada a Dios buscamos la propia gloria y comodidad, rebelándonos cuando llega una experiencia más difícil, la humillación o creemos que no somos suficientemente valorados?

En la escena de la Anunciación vemos la actitud opuesta a la de buscar la propia gloria y ponerse a uno mismo en el centro. María, llena de gracia, no se ocupa de sí misma, está toda concentrada en Dios y en cumplir su voluntad: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). María no expone su actuación, no dice: “He hecho todo lo que el Señor ha ordenado”, como dijeron los Israelitas en el Sinaí (cf. Ex 19,8), después de lo cual se hicieron un becerro de oro (Ex 32, 1ss). La Virgen Inmaculada acepta sin condiciones la actuación de Dios en Ella y a través de Ella.

Hace un año los invité para que juntos le permitiéramos al Espíritu Santo reformarnos. La verdadera reforma significa primero una metanoia interior, la transformación de los corazones y las mentes por el poder del Espíritu Santo. “porque no vivamos ya para nosotros mismos, sino para él, que por nosotros murió y resucitó”, como leemos en la cuarta plegaria eucarística.

Fácilmente advertimos en el beato Jorge un hombre de acción, un activista. En realidad fue un hombre de oración y contemplación. Todo lo que hizo era resultado de una profunda unión con Dios. También nosotros, como Congregación renovada por el beato Jorge, no hemos de ser un “grupo con sus respectivas tareas” en la Iglesia, sino ante todo, hombres de fe, que llevan a cabo las obras de Dios. “Hay que habituarse a la oración continua en el espíritu, ya sea al caminar o al realizar algún trabajo (…), o también cuando tenemos un momento de tiempo libre, en especial cuando pasamos de un trabajo a otro, o al conversar con la gente; en una palabra, siempre y en todas partes. (…) Especialmente en nuestra vida activa este hábito santo es forzosamente necesario. (…) Aprendamos a caminar en la presencia de Dios, estemos siempre dispuestos a realizar lo que a Dios más le agrada y nuestra alma estará sumergida en la oración” (Diario espiritual, 24 de noviembre 1910).

Esta es la dirección y el sentido de la renovación y de todas las reformas. La oración no es alienación, no es una huída del trabajo. Al contrario, es la condición imprescindible para que nuestra vida sea fructífera. Sin oración, nuestra trabajo y obras pierden la razón de ser e imperceptiblemente pueden convertirse en un fin en sí mismos o en una forma muy sutil de idolatría. Sin oración nuestras relaciones recíprocas también pueden ser superficiales.

Hoy, cuando concluimos el Jubileo del renacimiento de nuestra comunidad, los invito a la fidelidad a la oración. Esta es tal vez la mayor necesidad en nuestra Congregación hoy en día. Nadie adquiere la habilidad para la oración de una vez para siempre. Ninguno de nosotros tiene una habilidad natural para la oración. La oración es un don de Dios. Este don ha de crecer en nosotros en el transcurso de toda la vida. En cada momento de la vida existe el riesgo de abandonar la oración. No sucumbamos a esa tentación. Desafortunadamente, la oración es con frecuencia la primera ocupación a la cual renunciamos. Debería ser completamente a la inversa. Podemos renunciar a muchas otras ocupaciones, menos importantes, con tal de permanecer fieles a la oración, individual y comunitaria. Sin oración, la vida religiosa no existe.

Deliberaciones del convento general

Hace un año en Roma (4-7 de diciembre 2008) tuvo lugar el convento general, cuya idea directriz fue la reflexión acerca del beato Estanislao Papczynski como padre y guía del camino mariano. El convento llegó a ser un resumen, único en su género, de la beatificación del Fundador y una introducción al Jubileo de la renovación. Muchos hermanos me pidieron que presentara más ampliamente las ideas principales de las deliberaciones y conclusiones del convento.

Durante el convento nos dimos cuenta de que la beatificación del Padre Fundador fue un signo especial de la gracia de Dios hacia nuestra comunidad. Nos aproximó la persona del beato Estanislao al interior de la Congregación, como padre, y fuera de ella como una eminente figura de la Iglesia del siglo XVII. Muchos hermanos subrayaron que después de la renovación de la Congregación, el Padre Fundador pasó a un segundo plano, por lo cual no dirigimos la suficiente atención sobre los elementos fundamentales de la misión para la cual la Congregación fue fundada. La beatificación contribuyó a devolverle al Padre Papczynski el debido lugar en nuestra comunidad. El fundamento de cada instituto religioso es el carisma que el Fundador le deja. Realizar una nueva lectura del carisma fundacional en el contexto de los desafíos del presente es uno de los criterios fundamentales de la fidelidad a la vocación de cada instituto, condiciona su vitalidad y desarrollo. El carisma fundacional debería ser interpretado de nuevo, pero jamás cambiado o empobrecido.

Muchos hermanos profundizaron su identitas en relación al misterio de la Inmaculada Concepción de la S.V.M. Se advirtió que lo que había de ser el objetivo específico más importante de nuestra Congregación: la propagación de la devoción a la Inmaculada Concepción de la S.V.M., ha sido asumido por nosotros de una manera bastante marginal. Es difícil sorprenderse por esto ya que en el segundo punto de nuestras Constituciones, en donde se habla de la misión particular de la Congregación, no se hace mención de la propagación de la devoción a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen. Durante el convento, muchos hermanos dieron testimonio de que el estudio y la contemplación de este misterio se ha convertido para ellos en fuente de vida. También nos dimos cuenta de que hay un deseo cada vez mayor en los hermanos por el suffragium defunctorum, es decir, la oración y la intercesión por los difuntos, no solo como una práctica piadosa sino como elemento esencial de nuestro carisma, el segundo objetivo específico de los marianos.

También es necesario continuar con la reflexión ya iniciada sobre el misterio de la Misericordia Divina en nuestro carisma. Un fruto maravilloso de este misterio es la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen. La oración por los difuntos es además una forma de mostrar misericordia a aquellos que por sí mismos no pueden ya ayudarse y un sumergirlos en la Misericordia de Dios.

Los conferencistas a quienes anteriormente les había sido encomendada la tarea de estudiar los principales elementos de nuestro carisma, anunciaron una serie de propuestas que tenían como fin su definición más completa en nuestras Constituciones. Sin embargo, prevaleció la opinión de que es más importante el cambio de nuestra conciencia y de nuestra forma de vivir el carisma a diario. Por esa razón, se debatió acerca de diversas formas y obras: algunas ya existentes, que hay que reanimar y otras nuevas que habría que emprender.

En este espíritu, el Convento se pronunció a favor de que el superior general solicitara a la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos el privilegio especial de que en un día concreto de la semana (por ejemplo, lunes o martes) todos los marianos, independientemente de otras conmemoraciones obligatorias, tengan la posibilidad de rezar todo el Oficio por los difuntos de la Liturgia de las Horas, y de celebrar la santa Misa siguiendo la fórmula para los difuntos, tanto en las casas religiosas como también en las parroquias y en otros centros pastorales dirigidos por los marianos. Esta sería una forma de aludir a la larga tradición —porque perduró por más de 200 años— en la que los marianos rezaban a diario el oficio por los difuntos. Existe la posibilidad de recibir este privilegio porque somos la única congregación masculina en la Iglesia fundada para auxiliar a los difuntos.

Durante el Convento se manifestó la convicción bastante generalizada de que en el contexto de la beatificación del Fundador y del centenario de la reforma se superó la infundada tendencia —presente desafortunadamente en una época de nuestra historia— a contraponer las figuras del beato Estanislao y del beato Jorge. El Padre Matulewicz jamás se consideró a sí mismo el fundador de nuestra Congregación, sino todo lo contrario, consideró que la tarea más importante de su vida era el rescate de la ya existente orden de los marianos. El papel excepcional del beato Jorge consistió justamente en el rescate de la obra del Padre Estanislao en la Iglesia y la interpretación profética de la misión de la Congregación. Cuanto más profundamente estudiamos la persona y la herencia del Fundador y del Renovador, tanto mejor vemos la carismática continuidad, unidad y ese mismo espíritu que hace que el carisma del beato Estanislao brille con más fuerza cuando se interpreta a la luz de los pensamientos y obras del beato Jorge. Ambos Beatos seguirán siendo, para los hermanos y las personas fuera de la Congregación, testigos de las grandes obras que Dios realizó en ellos y a través de ellos. Ambos atraen e inspiran constantemente.

Preparación para el capítulo general

En cierto sentido, la historia ordinaria de un instituto religioso se mide por los capítulos. En el transcurso del año que viene tendrán lugar los capítulos provinciales, en cambio, el capítulo general está previsto para el primer trimestre del año 2011. El capítulo es un período de singular actuación de Dios; produce frutos únicamente cuando la comunidad se deja conducir por el Espíritu Santo y los hermanos se involucran en el trabajo con disposición de corazón y mente.

Sobre los próximos capítulos provinciales y general descansa la particular responsabilidad de discernir los signos de los tiempos en el contexto de la beatificación del Fundador y del centenario de nuestra renovación. Porque todo parece indicar que Dios nos dice mucho a través de esos acontecimientos.

Los capítulos exigen preparación. Con este fin, he convocado una Comisión Precapitular y he definido sus objetivos. Se ocupará, entre otras cosas, de dar su opinión acerca del Instrumentum laboris, preparado por la Comisión del Carisma con el nombre de El carisma de la Congregación de los Clérigos Marianos y su actualidad en el mundo de hoy. Objeto de los trabajos de la comisión serán también las conclusiones del convento general, entre otros, el análisis de las Constituciones y del Directorium en el contexto de la nueva interpretación del carisma después de la beatificación del Fundador y de las celebraciones del centenario de la renovación y reforma de la Congregación, como también, el proponer las prioridades de nuestra comunidad para los siguientes seis años.

Según algunos miembros de la Congregación, ha llegado el tiempo de reestablecer el hábito blanco. Soy conciente de lo delicada y al mismo tiempo seria que es esta cuestión. No se puede menospreciar ni atribuir poco valor a los deseos de los hermanos que desean vestir el hábito en honor de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, a lo cual el padre Fundador comprometió a los marianos. Ellos están convencidos de que la voluntad de Dios es que los marianos retornen al hábito blanco. Este signo externo es para ellos una ocasión y una ayuda para entregarse totalmente a Dios y vivir el carisma de la Congregación. Tampoco hacen falta quienes se oponen decididamente a la restauración de los hábitos. En su opinión, una vez que se introduzca el vestido religioso, existe el peligro de una innecesaria división dentro de la Congregación y de reducir la vida religiosa exclusivamente a un signo externo.

La cuestión de los hábitos y otros problemas importantes —pero que no siempre despiertan tanta emoción— con seguridad serán objeto de las deliberaciones de los capítulos, ya que algunos hermanos ya han escrito las propuestas correspondientes o tienen la intención de hacerlo. Para que el capítulo disponga de un conocimiento más completo, le he encomendado a la Comisión Precapitular la elaboración de un cuestionario adecuado y su envío a todos los miembros de la Congregación. Este cuestionario le da a cada mariano la ocasión de expresar su opinión acerca de muchas cuestiones importantes referentes a nuestra comunidad. Que nuestro deseo común sea descubrir en todo el designio de Dios para con nosotros.

Les pido Queridos Hermanos que oren en la intención de los capítulos provinciales y general, para que le permitamos a Dios llevar a cabo su plan en nuestra comunidad.

Conclusión

Que el misterio de la Inmaculada Concepción de María llegue a ser para nosotros fuente de fuerza y de constante renovación. Que el Espíritu Santo, que llenó a María desde los albores de su vida, constantemente vivifique y renueve nuestra comunidad y a cada uno de nosotros. Encomiendo a la gracia del Espíritu Santo y a la intercesión de María a mí mismo, a todos Ustedes y a toda nuestra Congregación.


Jan M. Rokosz MIC
Superior general


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