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Carta Circular del Superior General
para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la BVM
que clausura el Año de acción de gracias
por la beatificación del Padre Fundador
y da inicio al Año del Jubileo del 100 aniversario
de la renovación y de la reforma de la Congregación
7 - 8 de diciembre del 2008

prot. n. 367/2008

¡Dejémonos reformar por el Espíritu Santo!

Queridos Hermanos,

1. Hoy, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la BVM, cuando nos unimos en comunidad de corazones y mentes, saludo cordialmente a cada uno de ustedes, comenzando por los hermanos de más edad y terminando por aquellos que viven por primera vez la fiesta patronal en nuestra comunidad. Les doy las gracias por permanecer fielmente junto a Cristo, que es la mayor riqueza de la comunidad y por el trabajo cotidiano, con frecuencia humilde y desapercibido.

2. La inmaculada concepción de nuestra Madre María es un milagro de la Santísima Trinidad: signo del amor desinteresado de Dios Padre; expresión perfecta de la redención que Jesucristo realizó con su vida completamente abierta a la actuación del Espíritu. La contemplación de este misterio suscita en nosotros una admiración cada vez más grande por nuestra vocación mariana. A su vez, esa admiración suscita inexpresable confianza, alegría y gratitud hacia Dios, y hace que no deseemos otra cosa, sino únicamente que Dios realice en cada uno de nosotros lo que realizó en María: para que seamos santos e inmaculados ante Él (cf. Ef 5, 27), para que con entusiasmo anunciemos al mundo enterno el amor misericordioso de Dios, que es más fuerte que todo mal, que hace todo nuevo. Al mismo tiempo nos entristece nuestro pecado, que conduce a la muerte y desfigura a la Iglesia. Sin embargo, en la Inmaculada Concepción de María, descubrimos de nuevo la belleza de la verdad y del amor, a la vez que encontramos el camino hacia Dios. Por eso hoy clamemos desde el fondo de nuestros corazones: Immaculata Virginis Mariae Conceptio sit nobis salut et protectio.

3. Hoy concluimos el Año de Acción de Gracias por la beatificación del Padre Fundador. Ha llegado el tiempo de hacer un primer resumen. Saludamos de manera especial a los hermanos en las Filipinas, que están cargando sobre sus hombros el peso mayor – la creación de una nueva misión, como obra de nuestra gratitud por la beatificación. Ya los primeros meses han mostrado que esta misión exige muchos sacrificios, confianza en Dios ante numerosas incertidumbres, pero también trae la esperanza y abre ante nosotros nuevos horizontes. Envolvamos a los misioneros que trabajan allá, pero también a aquellos que se están preparando para ese trabajo, con ferviente oración y solicitud. En una carta aparte informaré a los hermanos acerca de nuestros planes en las Filipinas y acerca de la participación de las comunidades e instituciones marianas en la realización de esta misión.

4. Vinculamos con la beatificación muchas esperanzas. Tal vez contábamos con que resolvería automáticamente todos los problemas de la Congregación, que superaría las crisis, que produciría un desarrollo inmediato de nuestra comunidad religiosa, sobre todo, que contribuiría al crecimiento de las vocaciones. Así no sucedió. Hemos tomado consciencia de que aquí se trata de algo más importante, y no de cambios aparentes o de un sentimiento falso de orgullo, de que nos volveremos cada vez más numerosos, de que llevaremos a cabo obras apostólicas cada vez más maravillosas. Dios desea exhortarnos a una transformación profunda y al retorno a nuestras raíces, es decir, al seguimiento de Jesucristo y a vivir el carisma original. La beatificación del Padre Papczynski es un don para la Congregación, para abrir una nueva página de nuestra historia. ¿Esta convicción es acaso una ilusión, el síntoma de una forma de pensar soñadora? O ¿será que realmente Dios, a través de la beatificación del Fundador, quiere que fijemos la atención en algo de lo cual depende el futuro de nuestra Congregación?

5. A esta pregunta hemos procurado dar respuesta a lo largo del año pasado durante los días de recogimiento, de retiro, de sesiones académicas y de la lectura de los textos del Fundador. Para recolectar nuestras experiencias y también para exhortar nuevamente a la reflexión, le pedí a todos los hermanos que escribieran sus testimonios acerca del Padre Papczynski y su beatificación. Durante la convención general, que en estos días tiene lugar en Roma, queremos discernir el kairos particular que constituye la beatificación del Fundador, y formular propuestas concretas de cómo responder a este kairos. Ya las primeras voces que han llegado parecen confirmar que, a través de la beatificación, Dios nos invita a retornar al objetivo de nuestro carisma, que consiste en la propagación de la honra de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, el auxilio a los difuntos y la evangelización, comprendida ampliamente. Todo indica que el discernimiento de este signo de los tiempos decidirá sobre nuestro futuro.

6. Hoy también damos inicio al Año del Jubileo del 100 aniversario de la renovación y de la reforma de nuestra Congregación, llevada a cabo por el Beato Jorge Matulaitis-Matulewicz. El rescate milagroso de nuestra comunidad hace 100 años de su muerte y de su reforma fue tal vez la experiencia más poderosa de Dios misericordioso en nuestra historia; una confirmación importante de que somos importantes para Dios, de que nuestro carisma es necesario para la Iglesia. Después de un siglo deseamos retornar a aquellos acontecimientos, para darle gracias al Señor por ese don de Su Misericordia. También deseamos echar un vistazo a los 100 años transcurridos, para darle gracias a Dios por aquello que nació del espíritu y ha producido frutos buenos, y también, pedirle a Él perdón por nuestros pecados, que nos destruyen a nosotros mismos y a nuestra comunidad. Por lo tanto, deseamos ante todo pedirle a Dios que también hoy infunda Su Espíritu en cada uno de nosotros y en toda la Congregación para que, transformados por Su poder, realicemos nuestra vocación en la Iglesia y en el mundo. Se trata de que no sólo hablemos de nuestro carisma sino de que lo vivamos.

7. El centésimo aniversario de la reforma de la Congregación es también una ocasión para que, desde la perspectiva del tiempo, descubramos nuevamente cuáles son los elementos de la reforma que permanentemente enriquecen e interpretan nuestra carisma y el estilo de vida y de trabajo; y cuáles son el resultado de la necesidad histórica de adaptar la orden a la vida en conspiración, pero que hoy ya han perdido su actualidad. Con este fin, en el año del jubileo, queremos llevar a cabo un estudio histórico-teológico (simposio en Lichen) crítico, libre de prejuicio alguno. Resulta que además de que hemos conocido poco al Padre Papczynski y sus escritos, también seguimos conociendo demasiado poco las circunstancias de la renovación y las obras del Beato Jorge sobre el carácter y la naturaleza de la Congregación (en la Idea Guía y las primeras instrucciones), que, como confiesa el Beato, él habían de complementar las Constituciones que él elaboró. Por lo tanto, los invito en el Año del Jubileo a la lectura diaria, aunque corta, de los escritos del Beato Jorge durante una de las comidas en comunidad.

8. Las primeras generaciones de marianos en la Congregación renovada llamaban al Beato Jorge “reformador”. Parece que este título corresponde más a la verdad. En la tradición de la Iglesia se daba el nombre de “reforma” a dos procesos. Actualmente, lo más frecuente es que esta palabra defina los cambios de las formas externas de las instituciones eclesiales. Eso fue exactamente lo que sucedió a principios del siglo XX en nuestra comunidad. Sin embargo, vale la pena saber que desde el siglo XI, la “reforma” se refería exclusivamente al hombre que había de ser formado a ejemplo de Jesucristo. Esto puede hacerlo únicamente el Espíritu Santo. Cada obra Divina y la verdadera reforma de la Iglesia nacen del Espíritu Santo y comienzan con la transformación del corazón y de la mente (metanoia), es decir, de la conversión de un ser humano. Aunque la palabra reforma hoy puede despertar en nosotros asociaciones negativas, fue precisamente ella la que durante los primeros once siglos expresaba en la Iglesia la esencia de la conversión. El Beato Jorge oraba así: Oh Señor, sólo enciende nuestros corazones con el fuego de Tu amor. Concédenos Tu Espíritu Santo para que, después de renunciar verdaderamente a todo, nos consagremos totalmente sólo a Tu gloria y a Tu Iglesia. Dios escuchó su petición y lo hizo copartícipe de la actuación reformadora de Su Espíritu.

9. Por lo tanto hoy, cuando damos inicio al Año del Jubileo de la renovación y de la reforma de la Congregación, dirijo encarecidamente, a mí mismo y a cada uno de ustedes, la siguiente petición: ¡Dejémonos reformar por el Espíritu Santo! Es del Espíritu Santo de quien proviene el don de la conversión. Es el Espíritu Santo quien tiene el poder de conformarnos en la vida y en las obras con Jesucristo y encender en nosotros el carisma mariano. Es la gracia del Espíritu la que nos hace capaces de acoger con amor al hermano, sobre todo al hermano difícil y mostrarle misericordia a través del perdón. El drama del corazón humano consiste en que no solamente no reconoce como algo malo el poner esperanza en sus propias posibilidades y disponer la vida de acuerdo a su propio plan, sino que además no advierte el bien que puede ofrecerle Jesucristo. Se puede vivir en una casa religiosa – y estar lejos de Dios. Se equivocan aquellos a quienes les parece que profesar votos y recibir la ordenación sacerdotal garantiza la salvación de una vez para siempre. Se equivocan también aquellos que están tan ocupados con los éxitos de su trabajo que viven como si ya no necesitaran a Dios. Se puede vivir en una casa religiosa – y no llevar una vida espiritual. ¿Acaso no confirma esto el hecho de que con tanta frecuencia nos eximimos de la oración comunitaria y personal, de la meditación, de la escucha de la palabra de Dios, del examen de conciencia, del silencio? Pero la oración, como la primera fuente de nuestra vida espiritual, debería ser la última ocupación a la cual renunciamos. ¿Acaso la vida espiritual no es sustituida con frecuencia por la vida del Internet – por la vida social? ¿Acaso la vida en el Espíritu Santo no es sustituida con frecuencia por el activismo excesivo? Alguien que se apoya en sus propias fuerzas puede incluso vivir honestamente, pero nadie, sin el poder del Espíritu, está en capacidad de imitar a Jesucristo. Alguien puede incluso, según la medida humana, trabajar admirablemente, pero si sus obras no nacen del Espíritu Santo, no tendrán mayor influencia en la salvación de otros.

10. También se puede vivir en una casa religiosa – y llevar una vida mundana. Lo expresa con claridad el Padre Fundador: ¿De qué te sirve aparentar ser religioso en el exterior, pero en el interior ser peor que los peores hombres de mundo? (IC, 143) Según el Beato Padre Estanislao, el estado espiritual de alguien que eligió el camino religioso y no lo vive es el más trágico y digno de compasión; es peor que el de las personas que vagan por los caminos errados del mundo.

11. Permítete reformar por el Espíritu Santo. Esta petición la dirijo también a aquellos que están enredados en diferentes géneros de pecados, los cuales matan en ellos la alegría y el entusiasmo de seguir a Jesús. También dirijo este llamamiento a los que están sufriendo una crisis de fe y que tal vez piensan en abandonar la Congregación y disponer la vida según su propia visión. De hecho, los votos profesados una vez, deberían ser mantenidos. Es una ilusión la convicción de que en otra parte serviremos mejor a la Iglesia. A los momentos de dificultad, de tentaciones intensas o de crisis, a los periodos de decaimiento e infidelidad, ya sea en la vida personal o en la vida de toda nuestra comunidad, podemos verlos como purificaciones proporcionadas por Dios mismo, que obligan a apoyarse más profundamente sólo en Él. En los momentos de crisis no podemos seguir permaneciendo en la gris medianía, en la mediocridad. O damos un paso más profundo hacia Dios o moriremos. En el momento de crisis no existe otra posibilidad.

12. Cada comunidad ha recibido un programa de las celebraciones del Año del Jubileo, elaborado, en colaboración con el Gobierno General, por el Padre Janusz Kumala, por lo cual le agradezco de todo corazón. Le pido a todos los hermanos que se familiaricen con este programa y que después se unan a su realización con fe y entusiasmo. Ante todo, propongo y pido que nuestro Jubileo sea un tiempo de oración intensa al Espíritu Santo y de someterse a Su actuación. Hace cien años Dios no solamente rescató a nuestra comunidad de la muerte sino que en ella infundió con enorme fuerza a Su Espíritu. Pidamos que también hoy el Espíritu Santo encienda en nosotros ese fuego de Su amor que ardió entre los Apóstoles congregados en el Cenáculo, dando inicio a la Iglesia; ese fuego que ardió en el corazón del Padre Estanislao, dando inicio a nuestra comunidad religiosa; ese fuego que se apoderó del Padre Jorge y lo apremió a renovar y a reformar nuestra comunidad.

13. Para este tiempo de Jubileo, encomiendo a cada uno de nosotros y a cada una de nuestra comunidades a la Misericordia de Dios Padre, al poder sanador de Jesucristo y a la fuerza renovadora del Espíritu Santo. Le suplico a María, la Inmaculada Concepción, que interceda por nosotros, sus hijos espirituales.

Jan M. Rokosz MIC
Superior general


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